
Llegas a una reunión familiar y sientes cierta incomodidad por tener que saludar a todos. Uno por uno porque fuiste de los últimos en llegar. Una sensación muy parecida a la inseguridad amenaza con adueñarse de ti durante unos instantes.
No, no eres inseguro.
Es tu instinto natural, es tu cerebro auxiliar el que te avisa, el que percibe que no estás en tierra firme.
Ahora tendrás que pasar por un túnel de inconsistencias, de falsedades y si te descuidas, un túnel en donde tendrás que ser falso tú también.
No sea que te tilden de grosero.
El familiar que te saluda con entusiasmo
El camino será largo, así que vamos abreviando. Sueltan al primero de la tarde de tu encerrona familiar. Tal vez preferirías vértelas con seis toros de Miura, pero tranquilo. Aún no te sirves la primera copa de vino.
Después, todo será más fácil.
El primero es a pelo pero el camino parece allanado, ¡bendita suerte!
Te abraza.
Te pregunta cómo estás.
Y tú piensas: “Qué bien, al menos este me quiere.”
Error.
Y ahí empiezas a observar qué hace cuando ya no hay obligación social de parecer amable.
Ignorarte.
Como en aquellas llamadas que le hiciste o como esas llamadas que nunca hizo.

La tía que siempre está ocupada
Esta pieza nunca falta, pero muy en contra de tus expectativas de cara a este segundo trance, recibes un abrazo en el que no puede haber cabida a la falsedad.
¡Imposible!
Sientes en tu corazón temeroso y ardiente como comienza a recriminarte de forma conciliatoria que tal vez has estado exagerando. Que podrás recuperar el tiempo perdido.
Un cúmulo de ideas comienza a desfilar por tu mente, todas a la vez.
Cuando por fin logras ordenar la primera, tu tía ya se ocupó otra vez. La ves tan concentrada charlando con tus otras tías que hasta te sentirías un maleducado por tan solo intentar interrumpir una vez más. Así que tienes que conformarte con esas sonrisas y ademanes de tus otras tías que intentan hacerse pasar por un saludo, cuando en realidad son un “ya te vi”.
¡Ten cuidado y aléjate de ahí mientras puedas!
No sea que con la misma sonrisa vayan a estirar su mano con una copa vacía.
La situación “mejora”
Hasta ahora, has logrado salir ileso. Pero la sola imagen de una copa vacía se proyectó en tu mente y en tu cabecita hasta ahora de cántaro.
Ten cuidado, es momento de ser más astuto. No bajes la guardia si no quieres terminar de camarero.
Sin darte cuenta, intentas llenar ese vacío acrecentado empinándote un Merlot que, para tu gusto, tus capacidades y las de cualquiera que valore un buen vino, representa la misma amenaza que un zumo por la mañana.
Te sirves una copa más mientras observas a ese familiar que escucha a otros con paciencia infinita y a ti te despacha en veinte segundos.
Cuando no hay más remedio.
Has decidido apalancarte cerca del arsenal que da vida a la fiesta. Por fin reconoces que no tienes por qué seguir con tu aventura de reconocimiento del terreno.
Después de todo, nadie ha hecho por siquiera saludarte a ti.
La despedida
Ahora sí, te abstraes y comienzas a observar con claridad cuán vulnerable es tu situación. Piensas que todos esperan que seas amable, todos esperan que seas atento y sobre todo, todos esperan que seas predecible y ¿por qué no? servicial.
Ante cualquier subida de tono o desatención, tú no puedes responder honestamente porque entonces el problema pasas a ser tú.
Y sí, tienes toda la razón.
Pero no por lo que crees.
Tu problema no es que no te respeten.
Tu problema es que elegiste no usar máscara y eso está muy bien, pero se te olvidó respetarte tú.
Se te olvidó que obligarte a encajar en un sitio donde te despachan en veinte segundos es la primera gran traición.
Estar ahí parado, mendigando la validación de un abrazo ensayado, es el verdadero error de la tarde.
Y sí, encima dirán que el borracho eras tú.
Porque más cornadas da el Merlot.
— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.


