¿En qué momento decidimos que una botella de agua podía costar tanto como una comida?


Llegas a un restaurante y lo primero que hace tu invitada es pedir un poco de agua. De pronto comienza en tus oídos la marcha de palabras raras, todas extranjeras y ella pide la más cara.

Ya no es una botella de vino de Borgoña. Que visualmente, es lo más parecido al agua que puede encontrarse en una carta de vinos. No: literalmente pagamos 20 dólares por un botellín de agua.

Un agua que ni tiene notas de sotobosque y violetas, ni nos recuerda a las cerezas ni mucho menos a la tierra húmeda.

Aún no.

El Pinot Noir tiene la virtud de recordarnos que, después de cierta cantidad de dinero, hasta la falta de cuerpo adquiere una sutileza que solo los elegidos pueden apreciar en su justo valor.

Antes no.

No han traído la carta y ya estás pensando en un final desastroso, el momento de la cuenta. Porque ya se sabe, lo que mal empieza mal acaba.

Y falta la propina. Que en semejante trance, tampoco es cuestión de no quedar a la altura.

¿De qué serviría pagar el botellín entonces?

La historia apenas comienza

Tú estás preocupado porque tu invitada se jaló más de medio botellín del tirón cuando llegan los entrantes.

Esos que nadie pidió.

— Oeuf au plat sur crêpe de maïs, en festival de tomates a las finas hierbas.— Vuelven las palabras extrañas perfectamente bien pronunciadas por el servicio.

Sin duda una forma elegantísima de describir un huevo ranchero, sí… pero de codorniz.

Mientras tanto, tú no paras de mirar el botellín de agua como si fuera un contador de taxímetro. Cada trago de tu invitada no es hidratación; es un microcrédito bancario evaporándose en tiempo real.

Por fin.

Llegó el momento que más temias. No el del plato principal. Nada de eso.

— ¿Puede traerme otro botellín de agua por favor?

Tú comienzas a sudar frío mientras haces una y otra vez tus cuentas mentales. No olvides redondear pa’arriba, y tampoco olvides la propina.

Que todo suma y un vaso de agua no se le niega a nadie.

La cena romántica

A estas alturas ya se te quitó el hambre pero hay que quedar bien. Un macho alfa siempre tiene que atender las sugerencias del chef, pero pedir un buen filete en punto inglés.

Hay que demostrar quien manda.

Entre tanto, tu amiguita ordena felizmente Pavé de saumon, sauce au champagne.

Hay que demostrar quien paga.

Se cruzan un par de miradas y estas vienen con otro par de sonrisas. Ha llegado el momento de pedir “un buen vino” e intentas mantener la poca compostura que te queda.

Ánimo, has conseguido llegar hasta la hora del ritual en que el sommelier hace el ademán de mostrarte la carta, pero como si de un pase natural se tratara, la retira y la coloca bajo su brazo mientras te suelta todas sus recomendaciones.

De nuevo en francés.

Tu cara pasa de hacerte el interesante a sorpresa genuina hasta que con un gesto y un sonido casi gutural, aceptas una de las recomendaciones.

Un Borgoña.

La tragedia está servida

Esta vez no pudiste ver el precio y ya no puedes continuar haciendo cuentas. Mejor será que lo asumas y eches mano de la sabiduría.

Tómalo como una lección de vida.

Has visto una señal inequívoca. Un cruce de miradas cómplices entre tu amiguita y el servicio.

Un “sí por favor”.

Y tú no puedes más, esto te supera y suben tus palpitaciones. No ves la salida porque no la hay.

El mesero se acerca lentamente.

Tú lo miras.

Él te mira.

La invitada sonríe.

Intentas alejarlo con la mirada, pero todo es inútil.

Él coloca elegantemente un tercer botellín de agua en el lugar de tu invitada mientras ambos se sonríen. A ti te sigue ignorando pero coloca el fatídico portacuentas justo delante tuya.

Que no haya dudas.

Tu invitada parece disfrutar el momento mientras sirve un poco de agua en su copa pero sin dejar de mirarte y sin esconder su sonrisa.

Lo que parecía una velada memorable, será finalmente una velada imborrable.

Tu cara es cómica pero también tragedia. Te armas de valor y antes de terminar de escurrirte por entre la silla y el mantel, enfrentas tu destino.

—¿Y esto? — te preguntas con lo poco que te queda de voz.

El camarero sonríe.

—La cena ya está pagada.

Miras a tu acompañante.

Ella sonríe.

Silencio.

— Feliz cumpleaños — rompe el silencio sin dejar de sonreír.

Ni de mirarte a los ojos mientras toma tu mano.

Por fin puedes articular palabra.

— ¿Puede traerme un botellín de agua?

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.