
Llegas a una cafetería con tu revista favorita en la mano. Llevas desde que saliste del trabajo pensando en una sola cosa; pasar un buen rato de lectura mientras disfrutas de un buen café.
Por fin, llegó el momento… pero lo primero que te encuentras es una chamarra agazapada al asiento de la única mesa que queda libre. Una chamarra que, retadora, te mira fijamente y te desafía directamente.
Sí, a ti.
Con su firme lenguaje performativo y al más puro estilo de Gian Maria Volonté te dice:
—Quítame…
Si puedes.
Y no, no tienes que esperar a que deje de sonar la música. La tensión de la situación no ha hecho más que comenzar.
Tú te quedas estático, tus ojos entrecerrados endurecen tu mirada. Por lo menos es lo que intentas. Sostienes tu café humeante y tu revista. En este momento es lo único que tienes.
Miras a tu alrededor buscando al dueño de la prenda. No hay nadie en un radio de tres metros. La chamarra ejerce un derecho de propiedad feudal por derecho propio mientras no deja de mirarte.
No sabes lo que pueda tener en sus bolsillos, mucho menos en el interior. Tienes que actuar con cautela. Nunca está demás extremar precauciones. No en escenarios como este.
No es momento para preocuparse si se te puede enfriar o no el café, pero será mejor que no sueltes tu revista favorita. Últimamente han pasado cosas muy raras por aquí.
Advertido estás.
Tampoco puedes encargársela a nadie, esto es algo entre tú y la chamarra. Y no importa si es vaquera o de piel sintética.
Ella está ahí.
Esperando que te decidas, calculando cuán rápido puede ser, qué tan rápido puedes intentar quitarla de su lugar.
Tu pasividad ya es evidente, eso no la intimida.
La empodera.
La resa dei conti
Notas que una cajetilla de tabaco asoma de uno de los bolsillos como si de una mueca se tratara. Una mueca que no llega a ser sonrisa, pero justo en ese momento se desliza una manga hasta quedar completamente colgando del respaldo del sillón.
Tu café se tambalea, tus palpitaciones suben y comienzas a sudar.
Fijas tanto tu mirada en la chamarra que una cosa ha quedado clara: ya no hay marcha atrás.
Tú la miras y ella te mira a ti.
Piensas en lo que pudo ser.
El intercambio es cada vez más tenso, cada vez más veloz. No hay margen para el error.
Tienes que ser rápido y preciso.
La música ha dejado de sonar.
El momento ha llegado.
Lanzas tu revista encima de la mesa y con un reflejo que no conocías diriges tu mano hacia la chamarra.
Has sido tan rápido como lo exigía semejante trance, pero no fue suficiente; una mano fue más rápida que tú.
Ya no hay nada más que hacer.
Todo ha terminado.
Más por vivo reflejo que por decisión propia, levantas la mirada y por fin la ves.
Una hermosísima chica que sonriente te mira mientras se disculpa.
—Ay, perdón, dejé aquí mi chamarra.
Pero ya es tarde.
Tu café está derramado por el suelo.
— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.


