Los 5 mandamientos del “Teatro de la Productividad”: el arte corporativo de parecer ocupado sin mover un dedo


ardillas representan ambiente laboral en una oficina

No es que esté yo para dar consejos, pero toma nota. Lo que vas a leer a continuación podría cambiar tu vida; desde que consigas un ascenso hasta que te echen de tu trabajo como a un perro.

Parecer ocupado es más importante que estar ocupado

Has escuchado por ahí que lo más importante es vender. La venta es donde toda una cadena previa de esfuerzos y talentos por fin termina cristalizando. Es el momento en donde el retorno se vuelve real. Y es a partir de este momento en que el sistema debe reiniciar para volver a vender.

Es un mecanismo de repetición que se debe operar en automático.

Y como bien se sabe, el que no enseña no vende.

Puedes estar tan concentrado en tus apuntes que desde lejos parezca que estás dormido.

O en babia.

En cambio, Ramírez lleva veinte minutos arqueando las cejas delante de una hoja de Excel vacía. La gente pasa junto a su mesa y piensa: “Dios mío, cuántas responsabilidades debe soportar ese hombre.”

¿Lo ves?

Ramírez se pone la camiseta de la empresa como si la fuera a heredar, y en cambio tú pareces ajeno a la problemática.

Muy mal muchacho.

Muy mal.

Toda actividad debe producir evidencia visible

Cuando de evidencias se trata, ninguna sobra. Cada detalle suma en tu expediente a tu favor.

Las evidencias son más importantes que la propia actividad.

Seguramente has observado cómo ese futbolista al que la pelota le rebotó en el cachete para después irse al fondo de la red, corre presuroso hacia la hinchada mientras se arranca la camiseta no sin antes señalar el escudo de su equipo.

Se cuelga de la vaya y tiembla como si estuviera electrificada para después recibir una tarjeta amarilla.

¿Lo ves?

Nadie duda que fue gol.

La celebración fabrica una certeza social alrededor del hecho.

Ante tanto alboroto el árbitro ya teme plantear siquiera si hubo fuera de lugar.

Es probable que hayas observado a ese guitarrista clásico, que apenas comienza a tocar tres notas y cierra los ojos mientras gesticula de tal modo, que cualquiera pensaría que su próxima acción será tirarse al río.

Y no, no es que sea un virtuoso.

Al menos no en el arte de la guitarra.

Aprende de Ramírez, que antes de comenzar cualquier tarea sabe cómo echarse las manos a la cabeza al menos un par de veces.

Fíjate cómo se levanta al baño lo menos tres veces durante el transcurso de la mañana.

Observa cómo cada vez vuelve un poco más despeinado y la camisa ya no muy bien fajada.

Practica cómo tirar solo un poco de café sobre tu escritorio. Esa sensación de estrés es de lo que más vende.

En cambio tú, mírate.

¿No te da vergüenza?

Solo ver tu escritorio tan limpio parece que nadie ha trabajado ahí desde el viernes.

¿Dónde están las señales sobre el campo de batalla?

Y tú…

¿Ya te viste al espejo?

Muy flaco favor te haces utilizando gomina para el pelo.

A este lugar se viene a trabajar, no a tirar rostro.

¿Acaso vienes a ligar con la de Recursos Humanos?

Muy mal muchacho.

Muy mal.

Una reunión siempre puede convertirse en otra reunión

Esa manía tuya por la eficiencia y los resultados. Esa dizque capacidad que tienes para comunicarte de forma clara y eficaz te está destruyendo.

¿No te das cuenta?

Eres tú mismo quien se autosabotea y luego te quejas amargamente.

—ay ay, siento que no se me valora—

Si quieres que te valoren, comienza por valorarte tú.

No esperes que nadie más de ese primer paso.

Aprende de Ramírez, cómo sin tener nada que decir es un experto en parecer empático con los demás.

¿Has visto cómo los escucha?

¿Con qué atención lo hace?

Observa cómo cuando llega su turno, en vez de decir algo útil, cede su turno de la forma más educada al primero que se le ocurra.

¡Eso sí es repartir responsabilidades, eso sí es trabajo en equipo!

En cambio tú…

Es que no tienes remedio.

Llegas y sueltas toda la sopa en los primeros diez minutos de reunión.

Dejas a todos tus compañeros sin margen de acción.

Les privas de la posibilidad de extender la reunión y tener que convocar otra para el viernes.

Y por si fuera poco los dejas en evidencia.

¿Y así quieres que te aprecien?

¿Acaso eso es trabajar en equipo?

Muy mal muchacho.

Muy mal.

Nunca entregues algo demasiado pronto: parecerá que no costó trabajo

Te enorgulleces de haber egresado con mención honorífica. Te jactas de tener una Maestría en Administración en el extranjero.

¿Y no sabes administrar los tiempos?

¿A qué clase de universidad fuiste?

Escúchame bien.

Solo te lo diré una vez.

A la oficina no se viene al postureo.

¿Acaso quieres ser como ese niño aplicado que siempre levanta la mano para responder?

Aprende de Ramírez, que parece un tahúr de cantina.

Él sabe cuando enseñar sus cartas y cuando no hacerlo.

Sabe que no hay que precipitarse a entregar un informe porque mañana podría dejar de ser necesario.

En cambio deja que la situación fluya.

Mañana será el día de la decisión, pero no hoy.

Él sabe jugar sus cartas como un experto. Y de la misma manera que se espera un as de picas para completar una flor. Ramírez espera un informe para convocar una reunión y después volver a convocarla para el viernes.

Pero no…

Tienes que llegar tú con el informe el martes por la mañana.

Has jodido el trabajo de equipo de la oficina para toda la semana, y encima esperas una medalla.

Escúchame bien Gómez.

El buen administrador comienza por administrarse a sí mismo.

Muy mal muchacho.

Muy mal.

Si nadie entiende qué haces, probablemente no seas imprescindible

A estas alturas ya deberías haber aprendido tanto el valor de venderte a ti mismo, como el valor de la prueba social.

Esa comunicación indirecta que te posiciona como parte fundamental del equipo.

De nada sirve tu efectividad en el trabajo, ni siquiera sirven tus títulos ni tus logros anteriores, si no aprendes a que los demás entiendan lo que haces.

¿Pero qué está pasando?

¿Llegas tarde a la oficina y hoy no te pusiste gomina?

Solo esto te faltaba, parece que tampoco has aprendido a no traer tus problemas de casa a la oficina.

Mal comienzo de semana se avecina.

Parece que hay cierto alboroto en la oficina. Se ha convocado una reunión pero esta vez es con el jefe.

Aprende de Ramírez, que es el primero en ingresar a la sala y recibe a todos con una sonrisa.

—Ramírez, usted comienza.

Ramírez con esa gallardía te cede el turno. Además aprovecha para felicitarte delante del jefe por tu profundo conocimiento de la situación.

—No tengo preparada una respuesta.— respondes con una mezcla de firmeza y serenidad mientras clavas tu mirada en Ramírez.

El jefe entrecierra los ojos y termina observando a Ramírez. Al parecer se ha percatado de algo que no quiere tener que comprobar.

—¿Ramírez?

La tensión ha escalado en cuestión de segundos.

El aire ahora es tan espeso que cuesta respirar.

Ramírez recorre con su mirada a cada uno de sus compañeros.

De pronto sale el genio.

La sonrisa vuelve a su rostro mientras con un amabilísimo ademán señala a una de sus compañeras, como cediéndole el paso.

—ese no es mi departamento Ramírez, no tengo una respuesta preparada.

Ramírez se vuelve hacia ti mientras con una voz ya entrecortada intenta felicitarte de nuevo.

Esta vez, en vez de buscar cómo sueles hacer, datos relevantes entre el montón de papeles que siempre llevas a las reuniones, los acomodas y los dejas caer sobre la mesa un poco más lejos de como estaban mientras le sostienes la mirada, cruzas tus brazos y te recargas en el respaldo de tu asiento.

El jefe no ha perdido detalle.

—Le voy a cambiar la pregunta Ramírez. Explíqueme usted que hace. Detalle cuál es su función en esta oficina.

Su sonrisa ahora es nerviosa.

Sus respuestas apenas balbuceos.

Intenta dar el pase a alguien, pero no encuentra al compañero adecuado.

Todos le miran.

—Bien.— por fin el jefe rompe el silencio.—estamos reunidos para comunicarles el ascenso a jefe de oficina del señor Gómez. También aprovecho para informarles que la reunión del viernes será en Ixtapan de la Sal. Todo está preparado. Felicidades señor Gómez.

Tras una breve ronda de aplausos, tomas un oficio y lo extiendes a Ramírez.

Todos se sorprenden.

El jefe no hace mucho por disimular una sonrisa.

A ver, Ramírez, lee lo que dice el oficio, ¡No nos dejes en ascuas!

¿Qué?

¿Qué estás despedido?

Muy mal muchacho.

Muy mal.

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.